El Malecón

Malecón Puerto Vallarta

Toda ciudad tiene su corazón, el rincón especial donde las parejas se citan y donde las familias van las tardes de domingo a ver cómo a pesar de todo sigue brillando el sol.

Es ese lugar donde venden las mejores nieves, se hacen todas las fotos  y las puestas de sol se detienen un segundo extra. Donde el verbo pasear se conjuga de uno en uno, de dos en dos y en grupo si hace falta y donde la vida ofrece su mejor cara, ojo calmo de la tormenta de esas necesidades que casi siempre pueden esperar hasta la mañana siguiente.

En algunas ciudades ese lugar especial está cerca de una plaza comercial, o una iglesia, quizás un parque. En Puerto Vallarta y como no puede ser de otra forma  ese lugar está cerca del mar, y todos lo conocemos como El Malecón. Este paseo marítimo que ha sufrido tantos cambios durante varias décadas (urbanización desde la línea de costa original, un huracán que ayudó al mar a arrancar el lugar a pedazos, peatonalización, irrupción turística) es el lugar predilecto de miles de vallartenses que ven cómo el atardecer acude fiel a su cita con el mar para trazar postales que nunca decepcionan, borrachera de colores y fondo de selfies que provocan la envidia de todos aquellos que viven lejos.

El Malecón, además de un lugar, es un estado de ánimo. Cuando la ciudad pulula con la llegada de visitantes que son el pan y la sal de los vallartenses el paseo se llena de viandantes, comercio y actividad que no descansa desde la mañana hasta bien entrada la noche cuando sólo los grillos hablan. Cuando los turistas dejan la ciudad descansar por un par de meses El Malecón se calma y puede oírse mejor cómo las piedras de la playa refunfuñan entre sí, abatidas por la espuma.

Con el frescor de las primeras horas del día es fácil ver cómo el Malecón se colorea con las playeras de los corredores que persiguen el horizonte de zancada en zancada. Después llegan los desayunos, el placer de aquéllos cuya verdadera patria es el tiempo libre y por fin el respiro de los que viniendo del país del trabajo y las obligaciones pueden mirar al mar y saberse con todo los más afortunados de entre todos los que tienen buena suerte.

El Malecón nunca se casa de esperarnos como nosotros nunca nos cansamos de acudir a él, de citarnos en él y de contar allí las olas que se depositan justo al borde del cemento, donde termina la jornada y empieza el tiempo de Puerto Vallarta. ¿Su corazón? el mar, siempre el mar.

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¿De quién son las playas?

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