¿De quién son las playas?

Hay gente que se ha quedado con nuestras playas, y lo han hecho sin pedir permiso a sus legítimos propietarios, que son los mexicanos.

Jalisco tiene la suerte de contar con algunas de las mejores playas del mundo, eso todos lo sabemos. En particular, la zona conocida como Costa Alegre cuenta con más de cuarenta playas, cabos y bahías de una belleza digna de las mejores postales, el objeto de deseo y el destino soñado por millones de turistas en todo el mundo que identifican los colores y calores que nos rodean con la misma idea de vivir mejor.

De acuerdo con la ley todos los mexicanos deben ser capaces de disfrutar de estos paraísos que son parte del patrimonio nacional. Las playas no son haciendas privadas ni empresas al servicio de intereses particulares y por eso todas, sin excepción, deben contar con un acceso abierto al público y bien señalizado sin que nadie nos pueda prohibir el acceso.

Sin embargo, esta es la teoría y la práctica, por desgracia, es a menudo contraria a la norma.

A lo largo de toda la Costa Alegre hay cada vez más playas cuyos accesos públicos son inexistentes o que han sido directamente expropiados contraviniendo la ley, convirtiéndose así en enclaves privados al alcance sólo de los habitantes de condominios lujosos o turistas selectos que de esta manera arrebatan la belleza de esos entornos naturales de las manos de sus legítimos propietarios: los ciudadanos mexicanos.

Enclaves como Playa Careyes, Careyitos, Tenacacita y otras han visto en pocos años cómo aparecían vallados, guardias y desvíos que en la práctica han cercado estos espacios haciendo su acceso al público muy difícil y en algún caso, directamente imposible.

Otros, como Chalacapetec, viven la amenaza de desarrollos descontrolados con potencial para no sólo modificar gravemente entornos naturales irrepetibles, si no para limitar su acceso al público de manera ilícita y sin duda inmoral.

Todos conocemos playas con accesos que son casi secretos porque los hoteles los han limitado a la mínima expresión como si la arena y el agua fueran patrimonio de sus visitantes, y no de todos nosotros.

Quizá deberíamos crecer y aprender a distinguir los servicios y disfrutes que sin duda deseamos para nuestros visitantes de la práctica expulsión de esos mismos disfrutes del resto de la población local que de esta manera pierde el derecho a usar sus mismos paisajes.

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El Malecón

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